el lugar era tan ruidoso, bajo el fuego
salía una
mujer llevando un crío
corrimos al
otro lado de la calle
Madriz crecía
en montes y en lo alto la gran casa ardía
entre la
madera asolada tubos de fuego enrollado impedían la salida
y el ahogado
esfuerzo
entre las
cortaduras sonaba R. Serkin
en la
proferida amenaza de los árboles deshuesándose a su luz
de muerte,
este cruce de dos brillos mínimos en un punto de piel
tiemblan y
así la vida privada, mata vidas
mientras arden los chicos alto ahí, en la antigua fábrica
reconstruida
así, el vaso ácido bebido a golpe de espejo
atraiga los
años del miedo, carreras populosas
a su cauto cauce
quieto donde ni un sonido agite
bajo su recta
capa, el aire que transita
y así, la
boca exprese en su arrastrado asco
un gesto que
alumbre un solo punto de la habitación en prisma
y nazca el
vómito de la sola célula ennegrecida que allí flota
la más
pequeña y oscura, su margen de polvo, su terco proceder
esta noche quería ir caminando al teatro
sé que
odiaré la obra y cuando salga querré destrozarme
pena y
enemigos a conciencia
acompasar el
golpe privativo de la vida y sus más muertos
acostados sobre
tres o cuatro sillas de madera
arrimadas entre
sí por mano ingenua
si la célula puede apretadamente procrear
su fantasma, un ser deforme y tieso impedirá cualquier grito en la boca del
asco, de un pasillo a otro. Impedirá que pase el mundo, arrollando los cuerpos
ensillados, hablará desde los puros dientes, como los deshuesados troncos y
creerá comprender algo, visitará su sombra negra ínfima desde donde verá, caras
abiertas al filo de carnicería sobre las mesas pringosas y su mirada al techo y
entonces verá llover sus abiertos sexos como nubes rojas, donde la sangre
colorea a un punto las irrigadas líneas de unión de las baldosas. No hay más
que decir, pisoteará los flujos de sus vientres queridos, y así, te niegas tú.


